Un Fuego con Sentido

De repente, se escuchó en el cielo el choque de unas nubes.

El ruido despertó al sol, que se encontraba oscurecido por las nubes. En medio de la tormenta, cayó un rayo de luz y fuego sobre un árbol, del cual quedó apenas un tronco roto y chamuscado.

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Saltando de alegría anduvo el fuego, pequeño y travieso. Le encantaba escuchar crisparse las hojas cuando se quemaban en sus bordes. No lo podía evitar, le saltaban chispas de alegría.

Fue así como una de sus chispas le había quemado las patas a una hormiga,

las alas a una libélula,

el cascabel a una serpiente,

las plumas a un cuervo.

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Un día, mientras jugaba a ahuyentar animalitos que corrían y saltaban aterrorizados cuando el fuego se acercaba, sin quererlo, por descuido, inició un incendio.

Al ver esto, los animalitos del bosque llamaron a los sabios sapos de la lluvia, para que con su canto hicieran llover y así se pudiera apagar el incendio que estaba quemando el bosque.

Fue así como el fuego tuvo su primer encuentro con el agua en forma de lluvia. Ese no había sido el mejor encuentro, recordaría el fuego más adelante al contar la historia de lo que había pasado.

Los animales asustados se habían refugiado de la lluvia. El fuego se había quedado solito. Mojado, con frío, en un rincón del bosque se hacía humito.

Así empapado y echando humito fue que lo encontraron unas personas que paseaban por el bosque. Lo pusieron con cuidado sobre una piedra y lo llevaron en un bote por el río, hasta el lugar donde vivían.

Una vez en su casa, protegido de la lluvia, el fueguito se sintió cómodo y se fue recuperando con la leñita con que las personas lo alimentaban. Cuando estuvo grande otra vez, las personas se sintieron inspiradas y en un recipiente con agua cocinaron unas papas.

Ya por la noche, una noche oscura, se sentaron alrededor del fuego. El fueguito, honrado por tanta atención, se levantó bailando y, echando el último humito húmedo, soltó unas chispas y les alumbró las caras.

Se reían de verse iluminados y ver sus rostros que se movían con sus sombras. En medio de la noche, sentían el calor del fuego en sus rostros iluminados.

Así estaban sentados y riéndose, cuando el fueguito chisporroteó unas palabras y les contó la historia de lo que había pasado. El fuego les contó que, habiendo caído de un rayo, pensaba que su destino era ir quemando y asustando a los animalitos y las plantas.

Pero al conocer el agua como lluvia, a la que ahora calentaba en un pozuelo, había aprendido una lección. Se dio cuenta de que uno tiene que medir las consecuencias de sus actos, que no se puede andar por el mundo soltando chispas y prendiendo fuego a cada rato.

Aprendió también el fuego que el agua en su espacio y él en el suyo podían hacer cosas juntos. El agua había llevado al bote donde las personas habían abrigado al fuego cuando estaba con frío y echaba humito de apagarse. Ahora, el fuego calentaba agua donde las personas cocinaban unas papitas.

Desde entonces, se sabe que las personas se sientan alrededor del fuego para mantenerlo vivo y, al hacerlo, se abrigan, se alumbran en las noches oscuras y ríen al contar historias como estas.

En la mañana, cuando las personas sacudiendo sus cenizas lo despertaban para calentar el día, fue que el fuego se dio cuenta de que el sentido de su existencia solo era posible con la vida alrededor.

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